Tuesday, April 10, 2007


Formarse.ar

 

 

 

La Carta Robada Edgard Allan Poe

 

Índice

 

La carta robada

 

Acerca del autor

 

Acerca de la editorial

 

 

 

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La carta robada

 

Nihil sapientis odiosus acumine nimio. SENECA

 

 Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de18…, me hallaba en París, gozando de la doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C.

 

Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, autroisieme, No. 33, rue Dunot, faubourg

 

St. Germain. Durante una hora por lo menos, habíamos guardado un profundo silencio; a cualquier

 

casual observador le habríamos parecido intencional y exclusivamente ocupados con las volutas de

 

humo que viciaban la atmósfera del cuarto. Yo, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente ciertos

 

tópicos que habían dado tema de conversación entre nosotros, hacía algunas horas solamente; me

 

refiero al asunto de la rue Morgue y el misterio del asesinato de Marie Rogét. Los consideraba de algún

 

modo coincidentes, cuando la puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso a nuestro antiguo

 

conocido, monsieur G***, el prefecto de la policía parisina.

 

 Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido como de despreciable, y hacía varios años que no le veíamos. Estábamos a oscuras cuando llegó, y Dupin se

 

levantó con el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sin haberlo hecho, porque

 

G*** dijo que había ido a consultarnos, o más bien a pedir el parecer de un amigo, acerca de un

 

asunto oficial que había ocasionado una extraordinaria agitación.

 

 - Si se trata de algo que requiere mi reflexión - observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha -, lo examinaremos mejor en la oscuridad.

 

 - Esa es otra de sus singulares ideas - dijo el prefecto, que tenía la costumbre de llamar “singular” a todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente, rodeado de una absoluta legión

 

de “singularidades”.

 

 - Es muy cierto -respondió Dupin, alcanzando a su visitante una pipa, y haciendo rodar hacia él un confortable sillón.

 

 - ¿Y cuál es la dificultad ahora? -pregunté- Espero que no sea otro asesinato.

 

 - ¡Oh! No, nada de eso. El asunto es muy simple, en verdad, y no tengo duda que podremos manejar- lo suficientemente bien nosotros solos; pero he pensado que a Dupin le gustaría conocer los detalles del

 

hecho, porque es un caso excesivamente singular!…

 

 - Simple y singular -dijo Dupin.

 

 - Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido desconcertados porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.

 

 - Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted -dijo mi amigo.

 

 - ¡Qué desatino dice usted! -replicó el prefecto, riendo de todo corazón.

 

 - Quizás el misterio es demasiado sencillo -dijo Dupin.

 

 - ¡Oh! ¡por el ánima de! … ¡quién ha oído jamás una idea semejante!

 

 

 

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 - Demasiado evidente por sí mismo.

 

 - ¡Ja! ¡ja! ¡ja!… ¡ ¡jo! ¡jo! ¡jo! -reía nuestro visitante, profundamente divertido- ¡Oh, Dupin, usted me va a hacer reventar de risa.

 

 - ¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? -pregunté.

 

 - Se lo diré a usted -replicó el prefecto, prefiriendo un largo, fuerte y reposado puff, y acomodándose en su sillón - Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré que este es un asunto

 

que demanda la mayor reserva, y que perdería sin, remedio mi puesto si se supiera que lo he confiado a

 

alguien.

 

 - Continuemos -dije.

 

 - 0 no continúe -dijo Dupin.

 

 - De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un documento de la mayor importancia ha sido robado de las habitaciones reales. El individuo que lo robó es conocido;

 

sobre este punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de llevárselo. Se sabe también que

 

continúa todavía en su poder.

 

 - ¿Cómo se sabe esto? -preguntó Dupin.

 

 - Se ha deducido perfectamente -replicó el prefecto-, de la naturaleza del documento y de la no aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras manos; es decir, a

 

causa del empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.

 

 - Sea usted un poco más explícito -dije.

 

 - Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedor cierto poder en una cierta parte, donde tal poder es inmensamente valioso.

 

 El prefecto era amigo de la jerga diplomática.

 

 - Todavía no le comprendo bien -dijo Dupin.

 

 - ¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona, que es imposible nombrar, pondrá en tela de juicio el honor de un personaje de la más elevada posición; y este hecho da al poseedor del

 

documento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor y tranquilidad son así comprometidos.

 

 - Pero este ascendiente -repuse- dependería de que el ladrón sepa que dicha persona lo conoce. ¿Quién se ha atrevido?…

 

 - El ladrón -dijo G***- es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos hombres tan inconve- nientes como convenientes. El método del robo no fue menos ingenioso que arriesgado. El documento

 

en cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibida por el personaje robado, en circunstancias

 

que estaba sólo en el boudoir real. Mientras que la leía, fue repentinamente interrumpido por la entrada

 

de otro elevado personaje, a quien deseaba especialmente ocultarla. Después de una apresurada y

 

vana tentativa de esconderla en una gaveta, se vio forzado a colocarla, abierta como estaba, sobre una

 

mesa. La dirección, sin embargo, quedaba a la vista; y el contenido, así cubierto, hizo que la atención

 

 

 

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no se fijara en la carta. En este momento entró el ministro D***.

 

 Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconocen la letra de la dirección, observa la confusión del personaje a quien ha sido dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones

 

sobre negocios, de prisa, como es su costumbre, saca una carta algo parecida a la otra, la abre, preten-

 

de leerla, y después la coloca en estrecha yuxtaposición con la que codiciaba. Se dispone a conversar

 

de nuevo, durante un cuarto de hora casi, sobre asuntos públicos. Por último, levantándose para mar-

 

charse, coge de la mesa la carta que no le pertenece. Su legítimo dueño le ve, pero, como se compren-

 

de, no se atreve a llamarla atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba a su

 

lado. El ministro se marchó dejando su carta, que no era de importancia, sobre la mesa.

 

 - Aquí está, pues -me dijo Dupin-, lo que usted pedía para hacer que el ascendiente del ladrón fuera completo, el ladrón sabe de que es conocido del dueño del papel.

 

 - Sí - replicó el prefecto -; y el poder así alcanzado en los últimos meses ha sido empleado, con obje- tos políticos, hasta un punto muy peligroso. El personaje robado se convence cada día más de la

 

necesidad de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede ser hecho abiertamente. En

 

fin, reducido a la desesperación, me ha encomendado el asunto.

 

 - ¿Y quién puede desear -dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo-, o siquiera imaginar, un oyente mas sagaz que usted?

 

 - Usted me adula -replicó el prefecto- pero es posible que algunas opiniones como ésas puedan haber sido sostenidas respecto a mí.

 

 - Está claro -dije-, como lo observó usted, que la carta está todavía en posesión del ministro, puesto que es esta posesión, y no su empleo, lo que confiere a la carta su poder. Con el uso, ese poder des-

 

aparece.

 

 - Cierto -dijo G***-, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer cuidado fue hacer un registro muy completo de la residencia del ministro; y mi principal obstáculo residía en la

 

necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido del peligro que resultaría de

 

darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.

 

 - Pero -dije-, usted se halla completamente au fait en este tipo de investigaciones. La policía parisina ha hecho estas cosas muy a menudo antes.

 

 - Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan, además, una gran ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus sirvientes no son numerosos.

 

 Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, y siendo principalmente napolitanos, se embriagan con facilidad.

 

 Tengo llaves, como usted sabe, con las que puedo abrir cualquier cuarto o gabinete de París. Durante tres meses, no ha pasado una noche sin que haya estado empeñado personalmente en escudriñar la

 

mansión de D***. Mi honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es enor-

 

me. Por eso no he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es mas

 

astuto que yo mismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los

 

sitios en que es posible que el papel pueda ser ocultado.

 

 - ¿Pero no es posible -sugerí-, aunque la carta pueda estar en la posesión de] ministro, como es

 

 

 

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incuestionable, que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?

 

 - Es poco probable -dijo Dupin- La presente y peculiar condición de los negocios en la corte, y especialmente de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea

 

validez del documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto de casi tanta

 

importancia como su posesión.

 

 - ¿La posibilidad de ser exhibido? -dije.

 

 - Es decir, de ser destruido -dijo Dupin.

 

 - Cierto -observé-; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano. Supongo que podemos descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.

 

 - Enteramente -dijo el prefecto- Ha sido dos veces asaltado por malhechores, y su persona rigurosa- mente registrada bajo mí propia inspección.

 

 - Se podía usted haber ahorrado ese trabajo -dijo Dupin- D***, presumo, no está loco del todo; y si no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.

 

 - No está loco del todo -dijo G***-; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la locura.

 

 - Cierto -dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa-, aunque yo mismo sea culpable de algunas malas rimas.

 

 - Supongamos -dije-, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.

 

 - Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido larga experiencia en estos negocios. Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las noches de

 

toda una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario de cada habitación. Abrimos todos los

 

cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un ejercitado agente de policía, son imposibles

 

los cajones secretos. Cualquiera que en investigaciones de esta clase permite que se le escape un cajón

 

secreto, es un bobo. La cosa así, es sencilla. Hay una cierta cantidad de capacidad, de espacio, que

 

contar en un mueble. En este caso, establecemos minuciosas reglas. La quincuagésima parte de una

 

línea no puede escapársenos. Después del gabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examina-

 

dos con esas delgadas y largas agujas que usted me ha visto emplear. De las mesas, removemos las

 

tablas superiores.

 

 - ¿Por qué?

 

 - Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliario similarmente arreglada, es levantada por la persona que desea ocultar un objeto; entonces la pata es excavada, el objeto depositado dentro

 

de su cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares de las camas son utilizados con el

 

mismo fin.

 

 - ¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? pregunté.

 

 - De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca a su alrededor una cantidad sufi- ciente de algodón en rama.

 

 

 

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 Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin ruidos.

 

 - Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hecho pedazos todos los artículos de mobiliario en que hubiera sido posible depositar un objeto de la manera que usted menciona. Una carta

 

puede ser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no difiriendo mucho en forma o

 

volumen a una aguja para hacer calceta, y de esta forma puede ser introducida en el travesaño de una

 

silla, por ejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no es así?

 

 - Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de cada silla de la casa, y en verdad, todos los puntos de unión de todas las clases de muebles, con la ayuda de un poderoso

 

microscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, no habríamos dejado de notarla

 

instantáneamente. Un solo grano del aserrín producido por una barrena en la madera, habría sido tan

 

visible como una manzana. Cualquier alteración en las encoladuras, cualquier desusado agujerito en las

 

uniones, habría bastado para un seguro descubrimiento.

 

 - Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes y las láminas, y examinarían los lechos, y las ropas de los lechos, así como las cortinas y las alfombras.

 

 - Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del mobiliario de esa manera, examinamos la casa misma. Dividimos su entera superficie en compartimentos, que nume-

 

ramos para que ninguno pudiera escapársenos, después registramos pulgada por pulgada el terreno de

 

la pesquisa, incluso las dos casas adyacentes, con el microscopio, como antes.

 

 - ¡Las dos casas adyacentes! -exclamé-; deben ustedes haber causado una gran agitación.

 

 - La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.

 

 - ¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?

 

 - Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nos dieron poco trabajo. Examinamos el musgo de las junturas de los, ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.

 

 - ¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, y entre los libros de su biblioteca?

 

 - Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo ¡Abrimos todos los libros, sino que dimos vuelta todas las hojas de todos los volúmenes, no contentándonos con una simple sacudida de

 

ellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía. Medimos también el espesor

 

de cada tapa de libro, con la más cuidadosa exactitud, y aplicamos a cada uno el más celoso examen

 

con el microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones hubiera sido tocada para ocultar la carta,

 

habría sido completamente imposible que el hecho escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis

 

volúmenes, recién traídos por el encuadernador, los examinamos con todo cuidado, sondeando las

 

tapas.

 

 - ¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?

 

 - Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos los bordes con el microscopio.

 

 - ¿Y el papel de las paredes? - También.

 

 

 

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 - ¿Buscaron en los sótanos?

 

 - Sí

 

 - Entonces -dije- han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta no está entre las posesiones del ministro, como suponen.

 

 - Temo que usted tenga razón -repuso el prefecto-. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja que haga?

 

 - Hacer una nueva revisión de la casa de] ministro.

 

 - Eso es absolutarnente innecesario -replicó G***-; estoy tan seguro como que respiro, de que la carta no está en la casa.

 

 - Pues no tengo mejor consejo que darle -dijo Dupin ¿Tendrá usted, como es natural, una cuidadosa descripción de la carta?

 

 - ¡Ya lo creo!

 

 Y aquí el prefecto, sacando un memorándum, nos leyó en voz alta un minucioso informe de la carta, especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de esta descripción,

 

cogió su sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había visto nunca antes.

 

 Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita, encontrándonos ocupados exacta- mente de la misma manera que la otra vez. Cogió una pipa y una silla, y principió una conversación

 

sobre cosas ordinarias. Por último, le dije:

 

 - Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumo que se habrá usted convencido, al fin, de que no hay cosa más difícil que sorprender al ministro.

 

 - ¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo, como Dupin me lo aconsejó, pero ha sido tiempo perdido, como yo suponía.

 

 - ¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? preguntó Dupin.

 

 - ¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamente liberal; no quiero decir cuánto exacta- mente, pero diré una cosa: y es que estaría dispuesto a dar un cheque con ¡mi firma por cincuenta mil

 

francos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está haciendo día a día cada vez más

 

importante, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero aunque fuera triplicada, no podría

 

hacer más de lo que he hecho.

 

 - Veamos- dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada de humo-; realmente pienso, G***, que usted no ha hecho todo lo que podía en este asunto. ¿No cree que podría hacer un poco más?

 

 - ¿Cómo? ¿De qué manera?

 

 - ¡Pst! creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejos sobre este asunto; puff, puff, puff, ¿Se acuerda usted de lo que se cuenta de Abernethy! - ¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!

 

 

 

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 - ¡Está bueno! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto ricacho muy avaro concibió la idea de obtener gratis de ese Abernethy una opinión médica. Habiendo procurado

 

con ese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó su propio caso como el de un

 

individuo imaginario.

 

 - Supongamos- dijo el tacaño -, que sus síntomas son tales y tales; ahora doctor, ¿qué le aconsejaría usted?

 

 - ¿Qué le aconsejaría? -dijo Abernethy-; ¡psh! que viera a un médico.

 

 - Pero -dijo el prefecto, algo desconcertado-, yo estoy dispuesto a pedir consejo, y a pagarlo. Daría realmente cincuenta mil francos a cualquiera que me ayudara en este asunto.

 

 - En ese caso - replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques-, puede usted perfectamente hacerme un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado, le entregaré la

 

carta.

 

 Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo. Durante algunos minutos permaneció sin habla y sin movimiento, mirando incrédulamente a mi amigo con la boca abierta y los ojos que

 

parecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrando la conciencia de su ser, cogió

 

una pluma y, después de algunas pausas y miradas sin objeto, hizo por último y firmó un cheque por

 

50.000 francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardó

 

en su cartera; después, abriendo su escritorio, cogió de él una carta y la entregó al prefecto. El funcio-

 

nado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión de alegría, la abrió con mano temblorosa, arrojó

 

una rápida ojeada a su contenido, y entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia de

 

ninguna especie salió del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le

 

había pedido que hiciera el cheque.

 

 Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.

 

 - La policía parisina -dijo- es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante, ingeniosa, astuta y perfectamente versada en los conocimientos que sus deberes parecen necesitar con más urgencia.

 

 Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la casa de D***, tuve plena confianza en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta donde lo permiten sus conocimientos.

 

 - ¿Hasta dónde lo permiten? -pregunté.

 

 - Sí -dijo Dupin- Las medidas adoptadas eran, no solamente las mejores de su clase, sino que se acercaban a la perfección absoluta. Si la carta hubiera estado oculta en el radio de esa pesquisa, los

 

agentes de policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.

 

 Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que decía.

 

 - Las medidas, pues - continuo él-, eran buenas en su clase y bien ejecutadas; su defecto estaba en ser inaplicables al caso y al hombre. Un cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son para el

 

prefecto una especie de lecho de Procusto, a los que adapta forzadamente sus designios. Así es que

 

perpetuamente yerra por ser demasiado profundo, o demasiado superficial, en los asuntos que se le

 

confían, y muchos niños de escuela son mejores razonadores que él. He conocido uno, de unos ocho

 

 

 

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años de edad, cuyos éxitos adivinando en el juego de “pares y nones” atraían la admiración de todo el mundo. Este juego es simple, y se juega con canicas. Uno de los jugadores oculta en su mano una

 

cantidad de esas canicas, y pregunta a otro si ese número es par o no. Si el preguntado adivina, gana

 

una; si no, pierde una. El niño de que hablo, ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente,

 

tenía algún método para acertar, y éste se basaba en la simple observación y el cálculo de la astucia de

 

sus contrincantes. Por ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada, y

 

pregunta: ¿son pares o nones? Nuestro niño replica: “Nones”, y pierde; pero a la segunda vez gana,

 

porque entonces se dice así mismo: “El bobalicón tenía pares la primera vez, y su cantidad de astucia es

 

justamente la suficiente para llevarlo a poner nones en la segunda; por consiguiente, apostaré “nones”;

 

apuesta a nones, y gana. Ahora, con un bobo de un grado mayor que el primero, hubiera razonado así:

 

“Este tal, sabe que en el primer caso aposté a nones, y en el segundo se le ocurrirá, en el primer impul-

 

so, una simple variación depares a nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundo

 

pensamiento le sugerirá que ésta es una variación demasiado simple, y, finalmente, decidirá poner pares

 

como antes. Por consiguiente, apostaré a pares”; apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema de

 

razonar en el niño de escuela, a quien sus compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último análisis?

 

 - Es simplemente -dije- una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario.

 

 - Eso es - dijo Dupin -; y después de preguntar al niño cómo efectuaba esa completa identificación en que residía su éxito, recibí la siguiente respuesta: “Cuando deseo saber cuán sabio o cuán estúpido, o

 

cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientos en un instante dado, acomodo la

 

expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible, de acuerdo con la expresión del

 

rostro de él, y entonces trato de ver qué pensamientos o sentimientos nacen en mi mente, que igualen o

 

correspondan a la expresión de mi cara. “La respuesta de este niño de escuela supera incluso la

 

éxpurea profundidad que ha sido atribuida a La Rochefoucault, la Bruyere, Maquiavelo y Campanella.

 

 - Y la identificación -dije- del intelecto del razonador con el de su contrario, depende, si le entiendo a usted bien, de la exactitud con que se mide la inteligencia de este último.

 

 - Para su valor práctico depende de eso - replicó Dupin-; y el prefecto y toda su cohorte fracasan tan frecuentemente, primero, por no lograr dicha identificación, y segundo, por mala apreciación, o mas

 

bien por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideran únicamente sus propias ideas ingenio-

 

sas; y buscando cualquier cosa oculta, tienen en cuenta solamente los medios con que ellos la habrían

 

escondido. Tienen mucha razón en todo: que su propio ingenio es una fiel representación del de las

 

masas; pero cuando la astucia del reo es diferente en carácter de la de ellos, el reo se les escapa; es

 

lógico. Eso sucede siempre que esa astucia es superior de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está

 

por abajo. No tienen variación de principio en sus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven

 

excitados por algún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extender o exagerar sus

 

viejas rutinas de práctica, sin modificar sus principios. Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha

 

hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar y registrar

 

con el microscopio, y dividir la superficie del edificio en cuidadosas pulgadas cuadradas y numeradas?

 

 ¿Qué es todo eso, sino una exageración de la aplicación de un principio o conjunto de principios de pesquisa, que está basado sobre un conjunto de nociones respecto a la ingeniosidad humana, a que el

 

prefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No ve usted que G*** da por sentado

 

que todos los hombres que quieren ocultar una carta, si no precisamente en un agujero hecho con

 

barrena en la pata de una silla, lo hacen, cuando menos, en algún oculto agujero o rincón sugerido por

 

el mismo tenor del pensamiento que inspira aun hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la

 

pata de una silla? ¿Y no ve usted también que tales rincones buscados para ocultar, se emplean única-

 

mente a las ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos

 

 

 

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los casos de ocultamiento cabe presumir que en principio se ha efectuado dentro de esas coordenadas; y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia ,sino del simple cuidado, la paciencia y la

 

determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia, o lo que quiere decir lo mismo a

 

los ojos policiales, cuando la recompensa es de magnitud, las cualidades en cuestión jamás fallan.

 

 Ahora entenderá usted indudablemente lo que quise decir, sugiriendo que, si la carta hubiera sido ocultada en cualquier parte dentro de los límites del examen del prefecto, o en otras palabras, si el

 

principio inspirador de su ocultación hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto,

 

su descubrimiento habría sido un asunto absolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha

 

sido completamente engañado; y la fuente originaria de sus fracaso reside en la suposición de que el

 

ministro es un loco porque ha adquirido fama como poeta. Todos los locos son poetas; esto es lo que

 

cree el prefecto, y es simplemente culpable de un non disiributio medii alinferir de ahí que todos los

 

poetas son locos.

 

 - ¿Pero se trata realmente del poeta? -pregunté- Hay dos hermanos, me consta, y ambos han alcanza- do reputación en las letras. El ministro, creo, ha escrito doctamente sobre cálculo diferencial. Es un

 

matemático y no un poeta.

 

 - Está usted equivocado; yo le conozco bien, es ambas cosas.

 

 Como poeta y matemático, habría razonado bien; como simple matemático no habría razonado abso- lutamente, y hubiera estado a merced del prefecto.

 

 - Usted me sorprende -dije- con esas opiniones, que han sido contradecidas por la voz del mundo. Suponga que no pretenderá aniquilar una bien digerida idea con siglos de existencia.

 

 La razón matemática ha sido largo tiempo considerada como la razón por excelencia.

 

 - Il y a parier - replicó Dupin, citando a Chamfort-, que toute idéepublique, toute convention reçue, est une sottise, car elle a convenueau plus grand nombre.¹ Los matemáticos, concedo, han hecho cuanto

 

les ha sido posible para difundir el error popular a que usted alude, y que no es menos un error porque

 

haya sido promulgado como verdad. Con un arte digno de mejor causa, por ejemplo, han introducido

 

el término “análisis” con aplicación al álgebra.

 

 Los franceses son los culpables de esta superchería popular; pero si un término tiene alguna importan- cia, si las palabras derivan algún valor de su aplicabilidad, “análisis” expresa “álgebra”, poco más o

 

menos, como en latín ambitus implica “ambición”, religio, “religión”, homines honesti, “un conjunto de

 

hombres honorables”.

 

 - Temo que se enemiste usted -dije- con alguno de los algebristas de París; pero prosiga.

 

 - Disputo la validez, y por consiguiente, el valor de esa razón que es cultivada en una forma especial distinta de la abstractamente lógica. Disputo, en particular, la razón extraída del estudio de las matemá-

 

ticas. Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simple-

 

mente la lógica aplicada a la observación a la forma y la cantidad. El gran error consiste en suponer que

 

hasta las verdades de lo que es llamado álgebra pura son verdades abstractas o generales. Y este error

 

es tan extraordinario, que me confundo ante la universalidad con que ha sido recibido. Los axiomas

 

matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es verdad de relación (de forma y de canti-

 

dad), es a menudo grandemente es falso respecto a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia por lo

 

general incierto que el todo sea igual a la suma de las partes. En química el axioma falla también. En el

 

 

 

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caso de una fuerza motriz falla igualmente, pues dos motores de un valor dado no alcanzan necesaria- mente al sumarse una potencia igual a la suma de sus potencias consideradas por separado. Hay mu-

 

chas otras verdades matemáticas, que son verdades únicamente dentro de los límites de la relación.

 

Pero el matemático arguye, apoyándose en sus verdades finitas, según es costumbre, como si ellas

 

fueran de una aplicabilidad absolutamente general, como si el mundo imaginara, en realidad, que lo son.

 

Bryant, en su recomendable Mitología, menciona una análoga fuente de error, cuando dice que “aunque

 

las fábulas paganas no son creídas, sin embargo lo olvidamos continuamente, y hacemos inferencias de

 

ellas, como si fueran realidades”. Entre los algebristas, no obstante, que son realmente paganos, las

 

“fábulas paganas” son creídas, y las inferencias se hacen, no tanto por culpa de la memoria, sino por

 

una incomprensible perturbación mental. En una palabra, no he encontrado nunca un simple matemático

 

en quien se pudiera confiar, fuera de sus raíces y ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe, que x2

 

+ px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Diga usted a uno de esos caballeros, por vía de experi-

 

mento, si lo desea, que usted cree que puede presentarse casos en que x1 + px no es absolutamente

 

igual a q, y después de haberle hecho entender lo que quiere decir, eché a correr tan pronto como le

 

sea posible, porque, sin ninguna duda, tratará de darle una paliza.

 

 “Quiero decir - continúo Dupin, mientras me reía yo de su última observación- que si el ministro hubie- ra sido nada más que un matemático, el prefecto no habría tenido necesidad de darme este cheque. Le

 

conocía yo, sin embargo, como matemático y como poeta, y mis medidas fueron adaptadas a su capa-

 

cidad, con referencia a las circunstancias de que estaba rodeado. Le conocía como a un cortesano, y

 

además como un audaz intrigant. Un hombre así, pensé, debe conocerlos métodos ordinarios de acción

 

de la policía. No podía haber dejado de prever, y los sucesos han probado que no lo hizo, los registros

 

a los que fue sometido. Debe haber previsto las investigaciones secretas de su casa. Sus frecuentes

 

ausencias nocturnas, que eran celebradas por el prefecto como una buena ayuda a sus éxitos, las miré

 

únicamente como astucias para procurar a la policía la oportunidad de hacer un completo registro, y

 

hacerles llegar lo más pronto posible a la convicción a la G*** llegó por último, de que la carta no

 

estaba en casa.

 

 Comprendí también que todo el conjunto de ideas, que tendría alguna dificultad en detallar a usted ahora, relativo a los invariables principios de la policía en pesquisas de objetos ocultados, pasaría

 

necesariamente por la mente del ministro. Eso le llevaría, de una manera inevitable, a despreciar todos

 

los escondrijos ordinarios. No podía, reflexioné, ser tan simple que no viera que los más intrincados y

 

más remotos secretos de su mansión serían tan de fácil acceso como los rincones más vulgares, a los

 

ojos, a los exámenes, a los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi, por último, que se vería

 

impulsado, como en un asunto de lógica, a la simplicidad, si no la había deliberadamente elegido por su

 

propio gusto personal. Recordará usted quizá con cuanta gana se rió el prefecto, cuando le sugerí en

 

nuestra primera entrevista que era muy posible que este misterio le perturbara tanto por ser su descu-

 

brimiento demasiado evidente.”

 

 - Sí - dije-, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriría convulsiones.

 

 - El mundo material - continúo Dupin- abunda en muy estrictas analogías con el espiritual; y así se ha dado algún color de verdad al dogma retórico de que la metáfora o el símil pueda ser empleada para

 

dar más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción. El principio de visinertia, por ejemplo,

 

parece idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la primera, que un gran cuerpo es puesto en

 

movimiento con más dificultad que uno pequeño, y que su subsecuente impulso es proporcionado a esa

 

dificultad, que lo es en la segunda, que intelectos de la más vasta capacidad, aunque más potentes,

 

constantes y fecundos en sus movimientos que los de inferior grado, son sin embargo los menos pronta-

 

mente movidos, y más embarazados y llenos de vacilación en los primeros pasos de sus progresos.

 

Otra cosa: ¿ha notado usted alguna vez cuáles son las muestras de tiendas que más llaman la atención?

 

 

 

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 - Nunca se me ocurrió pensarlo -dije.

 

 - Hay un juego de adivinanzas -replicó él- que se juega con un mapa. Uno de los jugadores pide al otro que encuentre una palabra dada, el nombre de una ciudad, río, estado o imperio; una palabra, en

 

fin, sobre la abigarrada y confusa superficie de un mapa. Un novato en el juego trata generalmente de

 

confundir a sus contrarios, dándoles a buscar los nombres escritos con las letras más pequeñas; pero el

 

buen jugador escogerá entre esas palabras que se extienden con grandes caracteres de un extremo a

 

otro del mapa. Éstas, lo mismo que los anuncios y tablillas expuestas en las calles con letras grandísi-

 

mas, escapan a la observación a fuerza de ser excesivamente notables; y aquí, la física inadvertencia

 

ocular es precisamente análoga a la inteligibilidad moral, por la que el intelecto permite que pasen

 

desapercibidas esas consideraciones, que son demasiado evidentes y palpables por sí mismas. Pero

 

parece que éste es un punto que está algo arriba o abajo de la comprensión del prefecto. Nunca creyó

 

probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de las narices de

 

todo el mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundo pudiera verla.

 

 Pero cuanto más reflexionaba sobre el audaz, fogoso y discernido ingenio de D***, sobre el hecho de que el documento debía haber estado siempre a mano, si intentaba usarlo con ventajoso fin; y sobre la

 

decisiva evidencia, obtenida por el prefecto, de que no estaba oculto dentro de los límites de sus

 

pesquisas ordinarias, más convencido quedaba de que para ocultar aquella carta el ministro había

 

recurrido al más amplio y sagaz expediente de no tratar de ocultarla absolutamente.

 

 Convencido de estas ideas, me puse mis gafas verdes y una hermosa mañana, como por casualidad, entré en la casa del ministro. Encontré a D*** bostezando, extendido cuan largo era, charlando

 

insustancialmente, como de costumbre, y pretendiendo estar aquejado del más abrumador ennui. Sin

 

embargo, es uno de los hombres más realmente activos que existen, pero tan sólo cuando nadie lo ve.

 

Para pagarle con la misma moneda, me quejé de mis débiles ojos, y lamenté la forzosa necesidad que

 

tenía de usar gafas, bajo el amparo de las cuales examinaba cuidadosa y completamente toda la habita-

 

ción, mientras en apariencia sólo me ocupaba de la conversación con mi anfitrión. Presté especial

 

atención a una gran mesa- escritorio, cerca de la cual estaba sentado D***, y sobre la que había

 

desparramados confusamente diversas cartas Y otros papeles, uno o dos instrumentos de música v

 

algunos libros. En ella, no obstante, después de un largo y deliberado escrutinio, no vi nada capaz de

 

provocar mis sospechas. Por último, mis ojos, examinando el circuito del cuarto, se posaron sobre un

 

miserable tarjetero de cartón afiligranado, que pendía de una sucia cinta azul, sujeta a una perillita de

 

bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea. En aquel tarjetero, que tenía tres o cuatro

 

compartimentos, había seis o siete tarjetas de visita y una solitaria carta. Esta última estaba muy man-

 

chada y arrugada. Se hallaba rota casi en dos, por el medio, como si una primera intención de hacerla

 

pedazos por su nulo valor hubiera sido cambiado y detenido. Tenía un gran sello negro, con el mono-

 

grama de D***, muy visible, y el sobre escrito y dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y

 

femenina.

 

 Había sido arrojada sin cuidado alguno, y hasta desdeñosamente, parecía, en una de las divisiones superiores del tarjetero. No bien descubrí la carta en cuestión, comprendí que era la que andaba

 

buscando. En verdad, era, en apariencia, radicalmente distinta de aquella que nos había leído el prefec-

 

to una descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el monograma de D***; en la

 

otra era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S***. Aquí la dirección del ministro era

 

diminuta y femenina; en la otra la letra del sobre, dirigida a un cierto personaje real, era marcadamente

 

enérgica y decidida; el tamaño era su único punto de semejanza. Pero la naturaleza radical de esas

 

diferencias, que era excesiva, las manchas, la sucia y rota condición del papel, tan inconsistente con los

 

verdaderos hábitos metódicos de D***, y tan reveladoras de dar una idea de la insignificancia del

 

 

 

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documento a un indiscreto; estas cosas, junto con la visible situación en que se hallaba, a la vista de todos los visitantes, y así coincidente con las conclusiones a que yo había llegado previamente; esas

 

cosas, digo, eran muy corroborativas de sospecha, para quien había ido con la intención de sospechar.

 

Demoré mi visita tanto como fue posible, y mientras mantenía una de las más animadas discusiones con

 

el ministro, sobre un tópico que sabía que jamás había dejado de interesarle y apasionarle, volqué mi

 

atención, en realidad, sobre la carta. En aquel examen, confié a la memoria su apariencia externa y su

 

colocación en el tarjetero; y por último, hice un descubrimiento que borraba cualquier duda trivial que

 

pudiera haber concebido. Registrando con la vista los bordes del papel, noté que estaban más chafados

 

de lo que parecía necesario. Presentaban una apariencia de rotura que resulta cuando un papel liso,

 

habiendo sido una vez doblado y apretado, es vuelto a doblar en una dirección contraria, con los

 

mismos pliegues que ha formado el primitivo doblez. Este descubrimiento fue suficiente. Fue claro para

 

mí que la carta había sido dada vuelta, como un guante, lo de adentro para afuera; una nueva dirección

 

y un nuevo sello le habían sido agregados. Dí los buenos días al ministro, y me marché enseguida,

 

abandonando sobre la mesa una tabaquera de oro. A la mañana siguiente fui en busca de la tabaquera,

 

y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Mientras Estábamos en ella empeña-

 

dos, un fuerte disparo, como de una pistola, se oyó inmediatamente debajo de las ventanas del edificio,

 

y fue seguido por una serie de gritos de terror, y exclamaciones de una multitud asustada. D*** se

 

lanzó a una de las ventanas, la abrió y miró hacia la calle. Mientras, me acerqué al tarjetero, cogí la

 

carta, la metí en mi bolsillo y la reemplacé por un facsímil (de sus caracteres externos) que había prepa-

 

rado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D***, con mucha facilidad, por medio de un

 

sello de miga de pan. El tumulto en la calle había sido ocasionado por la loca conducta de un hombre

 

con un fusil. Había hecho fuego con él entre un grillo de mujeres y niños. Se comprobó, sin embargo,

 

que el arma estaba descargada, y se le permitió que continuara su camino, como aun lunático o un

 

ebrio. Cuando se hubo retirado, D*** se separó de la ventana, a donde le había seguido yo inmediata-

 

mente después de conseguir mi objeto. Al poco rato me despedí de él. El pretendido lunático era un

 

hombre a quien yo había pagado para que produjera el tumulto.

 

 - Pero, ¿qué propósito tenía usted -pregunté- para reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido mejor, en la primera visita, arrebatarla abiertamente y salir con ella?

 

 - D*** -replicó Dupin- es un hombre arrojado y valiente. Su casa, además, no carece de servidores consagrados a los intereses del amo. Si hubiera yo hecho la atrevida tentativa que usted sugiere, jamás

 

habría salido vivo de allí y el buen pueblo de París no hubiera vuelto a saber más de mí. Ya conoce

 

usted mis ideas políticas. Pero tenía una segunda intención, aparte de esas consideraciones. En este

 

asunto, obré como partidario de la dama comprometida. Durante dieciocho meses el ministro la tuvo en

 

su poder Ella es la que lo tiene ahora en su poder; como D*** no sabe que la carta no está ya en su

 

tarjetero, proseguirá con sus presiones como si la tuviera. Así provocará, él mismo, su ruina política. Su

 

caída, además, será tan precipitada como ridícula. Es igualmente exacto hablar, a propósito de su caso,

 

del facilis descensus Avernis; pues en todas especies de ascensiones, como la Catalani dice del canto,

 

es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía, ni siquiera piedad, por el que

 

desciende. D*** es ese monstrum horrendum, el hombre de genio sin principios. Confieso, sin embar-

 

go, que me gustaría mucho conocer el preciso carácter de sus pensamientos cuando, siendo desafiado

 

por aquella a quien el prefecto llama “una cierta persona”, se vea forzada a abrir la carta que le dejé

 

para él en el tarjetero.

 

 - ¿Cómo? ¿escribió usted algo particular en ella?

 

 - Claro. No parecía del todo bien dejarla en blanco; eso hubiera sido insultante.. Cierta vez D***, en Viena, me jugó una mala pasada, acerca de la que le dije, sin perder el buen humor, que no lo olvidaría.

 

Así, como comprendí que sentiría alguna curiosidad respecto a la identidad de la persona que había

 

 

 

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sobrepujado su inteligencia, pensé que era una lástima no dejarle un indicio para que la conociera. Como conoce perfectamente mi letra, me limité a copiar en medio de la página estas palabras:

 

… Un dessein si funeste, S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste, que se pueden encontrar en el Atreo de Crébillon.

 

 

 

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Acerca del autor

 

Edgard Allan Poe

 

(€9 - 1849)

 

 Datos biográficos: Escritor estadounidense. Debido a la muerte de sus progenitores fue adoptado por un comerciante llamado Allan,que lo envió a estudiar a Inglaterra, de donde regresó en 1820. Fue

 

expulsado de la Universidad de Virginia, y un tiempo después unas deudas de juego motivaron el

 

distanciamiento con su padre adoptivo. Fue nombrado director del Southern Literary Messenger, pero

 

abandonó el cargo por los ataques de hipocondría y el abuso del alcohol. La muerte de su esposa

 

acentuó estas dos inclinaciones. Un ataque de delírium trémens produjo su fallecimiento. Se destacan en

 

ssu obra los cuentos da horror y fantásticos, ha sido admirado por escritores de las más diversas

 

procedencias geográficas, no así por la crítica estadounidense.

 

 Acerca de esta obra: Ingenioso y magistral relato. El autor introduce el mecanismo de detección mediante la deducción que tan bien sabe manejar. Original, profundo, Poe justifica con esta obra, y

 

muchas más, el ser uno de los grandes de la literatura anglosajona. Puede serle muy útil el haber leído

 

este libro cuando tenga que ocultar algo.

 

 El arte y diseño de tapa de esta edición han sido realizados por Ptricio Olivera.

 

 

 

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Acerca de la editorial

 

Somos una editorial que se dedica a la publicación de libros digitales. En nuestras páginas usted puede encontrar y publicar: obras literarias, académicas o periodísticas, actas de congresos y semina-

 

rios, manuales, dossiers de distintos temas, libros de fotos e imágenes, entrevistas, textos de autoayuda y materiales de estudio en general.

 

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